Colección: Cerámica artesanal

Hace un tiempo inventamos algo que no existía.

Le llamamos Cuencolabro — una palabra que tampoco existía — porque era una mezcla entre cuenco y candelabro, y no había otra forma de nombrarlo. Pero con el tiempo nos dimos cuenta de que era algo más que una pieza de cerámica. Era un recipiente para la intención. Un lugar pequeño donde poner una vela, sí, pero también donde poner un deseo, un ritual, una pregunta que todavía no tiene respuesta.

Cada uno tiene un nombre. Carmen, por un rojo que huele a fuerza y a linaje. Escarcha, por el hielo que nace en las ventanas del avión. Sapito, por un señor sapo rescatado de un desagüe una mañana de infancia. Prometeo, por el titán que robó el fuego del cielo y se lo dio a los humanos sin arrepentirse. Bosque Mediterráneo, por el musgo que crece donde nadie lo planta. Fósforo, por el elemento que brilla en la oscuridad y arde sin que lo veas venir.

Los hemos hecho a mano, uno a uno, con arcilla de nuestra tierra. Cada pieza es distinta. Ninguna se parece exactamente a las fotos. Eso no es un defecto: es la firma del barro.