Cuencolabro Delfos
Cuencolabro Delfos
Si sigues leyendo la historia, entenderás lo que siento al ver este color...
El Cuencolabro
El Cuencolabro es el nombre cariñoso con el que hemos bautizado a esta pequeña pieza de cerámica: una mezcla entre cuenco y candelabro. Es un candelabro artesano para sostener nuestras velas, diseñado para velas de pequeño diámetro.
Delfos, el esmalte
Este esmalte es verde oscuro, salpicado de manchas marrones y pardas que, a simple vista, recuerdan inevitablemente a la piel de una serpiente. De hecho, este Cuencolabro estuvo a punto de llamarse Pitón. Pero tenía miedo de que, al leer solo ese nombre, nos quedáramos en la imagen del animal y no llegáramos a la profundidad a la que de verdad quería llegar. Así que se llama Delfos — el lugar, no la fiera.
La historia detrás del nombre
Mucho antes de que Apolo llegara a Delfos, el santuario pertenecía a Gea, la Tierra Madre, la diosa primordial de la que nacieron todos los demás dioses. Gea fue la primera en custodiar el oráculo de Delfos, y su guardiana era Pitón, la serpiente que vivía junto a la fuente sagrada y que daba al lugar su nombre original: Pito. Era un tiempo en el que la Tierra hablaba a través de sus propias criaturas, en el que la profecía nacía de lo subterráneo, de lo femenino, de lo que crece pegado al suelo.
Cuando Apolo llegó y mató a Pitón para apropiarse del oráculo, no borró del todo su memoria: llamó Pitonisas a las sacerdotisas que, desde entonces, hablaban en su nombre. Cada vez que una Pitonisa pronunciaba un oráculo de Apolo, pronunciaba también, sin saberlo del todo, el nombre de la serpiente a la que había reemplazado.
Cuando estudiaba Historia del Arte en el instituto, describíamos plantas, entradas y partes del santuario de Delfos con precisión arquitectónica, pero casi nunca hablábamos del mito. A finales de 2017 tuve el inicio de mi retorno de Saturno: mudanzas, rupturas y una noticia familiar que me destrozó me dejaron meses aturdida y perdida. En el trabajo tampoco estaba bien — sentía que necesitaba irme, aunque el motivo era puramente emocional y no encontraba fuerzas ni razones para explicarlo. Llegó septiembre y, después de cuatro años sin cogerme vacaciones, y perder casi 10 kilos en unos meses, compré un vuelo de ida a Atenas y otro de vuelta veintiún días después. Veintiún días era el máximo que podía desaparecer de mi vida.
Elegí Grecia de manera intuitiva, buscando escapar. Exploré Atenas como si viviera allí, pasé días enteros en museos. Triste y rota, cuanto más lejos iba, más lejos me sentía, pero no encontraba la cura. Antes de acabar en una aldea de Creta, fui a Delfos — atraída, quizás, por la palabra "oráculo". Pasé la tarde mirando las piedras y los gatos dormir entre restos de lo que fue un imperio, y dejé escondida una pulserita de tela. Un guía que pasaba con un grupo de españoles dijo: "todos los emperadores, reyes y gobernantes pasaron por aquí para encontrar consuelo". Miré el cielo pensando que quizás había llegado miles de años tarde, porque yo no encontraba nada. Esperé el bus de vuelta a Atenas comiendo un pan rizado de sésamo y queso, pensando que quizás debía irme aún más lejos.
A mi vuelta del viaje entregué una carta de dimisión y empecé a estudiar astrología. Me metí de lleno en el mundo de los oráculos, las velas y los ritos. Ese dolor profundo y oscuro se convirtió en mi iniciación.
Hoy, miles de días después, lo veo completamente distinto. Siento el sol en la cara, los gatos transmitiéndome calma, las piedras abrazando las lágrimas que ocultaba al resto de turistas. Ojalá en ese momento haber sabido de Pitón. Le habría entregado una ofrenda. Le habría mostrado mis respetos. Habría acariciado las piedras frías imaginando que un día fueron su piel fría y viscosa.
Este Cuencolabro no quiere honrar a Pitón como la fiera vencida por un dios solar y masculino. Quiere honrarla como lo que fue antes de esa muerte: la memoria viva de un linaje anterior, el de las diosas madre que gobernaron la profecía y la tierra mucho antes de que llegaran los dioses del cielo y del sol. Y quiere honrar también aquella tarde mía en la que, sin saberlo, ya estaba buscando lo mismo que buscaban los peregrinos hace miles de años: consuelo entre las piedras.
Obvio que volveré.
PD: buscando una foto de ese viaje, he visto que ese día fui a Delfos con una camisa verde oscuro... del mismo color que la cerámica 🥺
En el tarot
Este Cuencolabro me recuerda a El Colgado — la carta de la espera que no se entiende mientras se vive, la de estar suspendida boca abajo sin saber cuándo va a cambiar algo, mirando el mundo desde un ángulo que no elegiste. No es una carta de derrota: es la de rendirse a un tiempo que no controlas, confiando en que esa suspensión, aunque no lo parezca entonces, también es parte del oráculo.
Para qué ritual
Se lo recomendaría para rituales de memoria ancestral y de rendición consciente: para cuando estés en medio de una espera que no entiendes, para reconectar con linajes femeninos que la historia oficial ha tendido a silenciar, para recordar que lo antiguo no siempre fue vencido — a veces solo cambió de nombre y esperó. Es un cuencolabro muy Escorpio: el signo de la transformación, de lo que muere y sin embargo persiste, de la sabiduría que se guarda bajo tierra hasta que alguien vuelve a buscarla.
Hecho a mano, único por naturaleza
Cada Cuencolabro nace en nuestro taller: modelado a mano, esmaltado y cocido en nuestro horno. El proceso hace que ninguna pieza sea igual a la anterior — la distribución de las manchas marrones y pardas sobre el verde varía en cada cocción, como escamas que nunca se repiten igual. Si adoptas un Cuencolabro Delfos, es posible que no se parezca exactamente a las fotos. Eso no es un defecto: es la firma del barro.
En esta misma categoría encontrarás otras piezas de cerámica en tonos similares con las que combinarlo. También puedes añadir una vela de ritual de las que elaboramos con la técnica hand dipping.
Cuidados: cómo retirar la cera
En caliente: llena un recipiente con agua muy caliente e introduce el Cuencolabro durante medio minuto. La cera se ablandará y podrás retirarla con papel de cocina. (Tiempo orientativo para nuestras velas — de cera de abeja o de ritual. Con otras ceras ve probando.) ⚠️ No tires el agua por el fregadero: deja que se enfríe primero. Si algo de cera se derritió en el recipiente, solidificará y podrás tirarla a la basura sin problema.
En frío: mete el Cuencolabro en el congelador durante 10 minutos. La cera congelada se vuelve frágil, se parte sola y se desprende con muy poca fuerza.
✨ Si has usado las velas para rituales, al tirar la cera puedes añadirle un poco de azúcar y ofrecérsela a la naturaleza en agradecimiento por tus deseos cumplidos. Aunque esto depende del ritual que hagas...
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