piedra fluorita: verde, morada y blanca.

Ritual solsticio de verano. Litha 2026

Solsticio de verano 2026

Vela morada, verde y blanca, inspiración: Alcaparreras, fluoritas y passifloras.

Intención: Transformación, ver la verdad, claridad mental.

Vela para atravesar umbrales.


TEXTO:

De niña viví hasta los ocho años y medio en la sierra de Granada. La mayor parte de ese tiempo, los últimos años, los que más recuerdo, los pasamos cerca de un afluente del río Genil. Nos orientábamos en la sierra con puntos de referencia lejanos para saber dónde jugábamos. Uno de esos puntos eran las minas: una mancha rosa rojiza en lo alto de una montañita que daba a la sierra. Mi madre decía que eran de hierro y que estaban abandonadas. Estaban a más de un día de distancia así que nunca llegamos a ir, pero lo intentamos varias veces.


En ese intento nos adentrábamos en una carretera larga, la misma que usábamos para ir al colegio, solo que llegado a la mitad, antes del cruce de la cooperativa donde paraba el autobús que iba a Loja, nosotros abandonábamos el asfalto y nos internábamos en el terreno que quedaba a mano izquierda. No eran campos ni nada cultivado. Pura tierra seca con enormes piedras cubiertas de líquenes blancos y amarillos. Crecían unos arbustos muy grandes de ramas finas y largas que daban unas flores pequeñas amarillas (o quizás eran blancas). Y cuanto más caminabas, más plantas bajas había. Nada era alto a excepción de esas retamas y alguna encina a lo lejos. También recuerdo los hinojos, con un montón de caracoles pequeñitos y blancos por todo el tallo.

En ese trozo de terreno inmenso ocurrieron muchas cosas. Una vez encontramos una caja de costura con hilos y agujas, y la llevamos a casa como un tesoro y estuvimos cosiendo cosas que seguramente no necesitaran arreglo. Si gritabas "eco, eco", la voz volvía fuerte al cabo de unos segundos, desde las minas. Me fascinaba tanto ese lugar (sobretodo al salir y ponerse el sol) que también en mis sueños era un recurso. Una noche soñé que en lugar de arbustos había caracoles gigantes vacíos, y que cuando entrabas en ellos tenían una casa con ventanas que daban a un sitio con piscina. Y pesadillas también: una vez vi un trozo de una película de miedo, un hombre despellejado que iba en un jeep verde oscuro buscando comerse a gente. Soñé varias veces que nos perseguía a mí y a mis hermanos por esa carretera, que yo los bajaba a la cuneta y los llevaba detrás de las retamas y les obligaba a quedarse quietos, (y ellos nos paraban de moverse, típico de hermanos pequeños) desde donde veíamos pasar su furgoneta de largo y no nos encontraba.

Pienso a veces en ese trozo de tierra rojizo, blanco y verde como una misión que terminaré algún día. Pero me da miedo volver. Miedo a que sea solo parte de un sueño, a que ahora no sea así, o a que las minas no se vean como yo las recuerdo de rojas rosas y violetas.

En verano ese sitio estaba lleno de alcaparreras, que crecían por todos lados. Alguna mañana, antes de salir el sol — esto era muy importante — mi madre y yo salíamos de casa con una bolsa de plástico verde y nos adentrábamos a oscuras a recoger los melones de la alcaparra. Los recuerdo fríos por el rocío y peligrosos por sus púas. Cuando el sol salía, el rojo y el violeta lo ocupaban todo. En ese momento nos dábamos prisa por recoger todos los que pudiésemos antes de que el sol tocase las frutitas, como si de un hechizo se tratara. Luego volvíamos a la carretera y caminábamos a la cooperativa. Mi madre decía que cuanto más pesasen, más nos pagarían por ellos, y que si les daba el sol pesaban mucho menos. Hoy lo entiendo, y lo amo. Igual que el estar a oscuras en ese territorio a explorar, al lado de mi madre, sintiendo su presencia en la penumbra.

Muchos años después, cuando tuve unos veinticuatro años, en Catarroja, mis hermanos plantaron una pasiflora. Eligieron para ella la pared de la izquierda del patio de casa de mi madre, un muro viejísimo de ladrillo rojo cocido, tierra y cal. Cada día nuevos filamentos se iban apoderando del muro y en menos de un mes una maraña de nudos, filamentos rizados, hojas, flores, bulbos y frutos se habían apoderado de gran parte de la pared. Era verano, y un día se tumbó de su propio peso. Sus flores y su cuerpo esparcido por el suelo me hacían pensar directamente en el campo de alcaparreras en sus preciosas flores y en su olor dulce.

Existe de algún modo en mi mente una conexión entre el violeta, los morados, los verdes y los blancos con estas flores y estas historias. La primera vez que vi una fluorita también pensé en ellas.

Sé que el solsticio de verano es un momento de fiesta y alegría, de colores rosas, celestes y dorados, y desde ese lugar lo hemos honrado otros años. Pero este año quiero recordar que el solsticio de verano es de algún modo el inicio del declive del sol. Tendremos los primeros tres meses en los que no lo vamos a sentir, pero a partir del equinoccio sí que notaremos el cambio.

He tenido dudas y miedo constante con esta vela, como me pasa siempre. Pero déjame usar estas líneas para describirte lo que he hecho. En su interior crecen a capas todos estos colores. Por debajo te la he dejado cortada para que puedas verla: es preciosa porque me recuerda a un ojo turco, talismán protector. Pero también a las yemas de un árbol, a algo que ha ido creciendo poco a poco y cambiando de estado, rindiéndose a la transformación.

La primera parte es lisa y decorada — ojalá me salgan bien pintadas las flores — y representa tus tres meses de verano. Pide aquí deseos de abundancia, de gozo y de disfrute. Pero cuando llegues a la mitad, cruzarás el umbral del equinoccio. Y así como yo me bajaba a la cuenta de la carretera para adentrarme en ese paisaje, nos bajaremos del verano. De mitad de vela hacia abajo es una maraña de cera hecha con surcos a modo de cueva que profundizan el cuerpo de la vela, con montañas de cera pegadas encima. En ese juego están mis sierras, con sus capas de colores, sus minas, pero también la enredadera de la pasiflora y quizás las púas de la alcaparra. Al final un poco de passiflora seca te llevará al invierno.

Curiosamente, la semana pasada compré unas plantas de alcaparra para mi terraza (obsesionada con este recuerdo, y con el miedo de olvidar el olor de sus flores) Justo el día que llegaron, mi madre vino a la tienda a verme. Al abrirlas me advirtió: "esto necesita mucho drenaje, y mucha tierra, no sé si te vivirá." Podría haberle dicho que las compré por mi recuerdo de la cooperativa y los melones. Pero vete tú a saber si al decírselo descubro que todo fue imaginación mía. Al igual que las minas de hierro, prefiero guardar ese recuerdo en ese trozo de registro de memoria en el que sí existió y fue tal y como te lo he contado. Proteger los recuerdos de la infancia de verdad adulta es una tarea necesaria si te gustan los cuentos.

La intención de la vela este año es doblarnos a la transformación. Dejar de elegir el dolor conocido. Meter las manos entre las púas para quedarnos con lo bueno, lo verdadero y lo bello: con los melones de la alcaparra. Y todo esto, como ya me dijo mi madre, es casi mejor hacerlo a oscuras. Porque luego vale más.

Te invito a quemar esta segunda parte de tu vela desde ese lugar poderoso donde el amanecer ilumina las minas rojas de la sierra, y da la sensación de que el tiempo para vivir desde la queja y el miedo se nos termina…

Feliz magia.


MEMORIA GRÁFICA:

Bodegón de algunas pruebas, más vela final, en composición con cuencolabros pintados a manos y las postales botánicas.

 

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Amatistas y cuencolabros nenúfar.


--Taller por la noche durante la fabricación. Velas de distintos grosores secando.

 

--Primera passiflora pintada sobre la vela ritual del solsticio de verano. 

 

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Altar con la vela quemando durante el solsticio (fotografías de una clienta 🔮❤️)

 

--Acuarela y boli negro.

 

--Al igual que la piedra fluorita, la vela del solsticio de verano tiene varias capas de colores y al quemarse se funden todas en un tono malva muy suave.

 

--Platitos y cuencolabros de passiflora (símbolo de transformación) pintaditos a mano y esmaltados después (Las piezas las hicimos a mano en la tienda y las bizcochamos también aquí). 

--Resultado final del diseño de la vela con pasiflora seca y adherida en la base. 

Las vetas de abajo son trozos de la propia vela extraidos y de nuevo pegados por encima creando un "enredo" de vetas y cuevas. Este efecto da textura y niveles, cuando la vela va quemando por ese espacio representa los meses desde el equinocio hasta el próximo solsticio. 

*Esta vela está disponible durante un periodo muy limitado, si estás leyendo esto fuera de tiempo te recomiento estar pendiente de nuestra newsletter, donde seguramente en el próximo solticio tengas info de una vela nueva

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